Nada más lindo que la familia unida
Familia Sawney Beane.
Bueno, como primer post decido compartir con ustedes una historia que conocí hace muy poquito, investigando sobre asesinos seriales, y que me impresionó mucho.
Espero que les parezca interesante, y si saben algo más sobre ellos o conocen algún lugar de donde pueda sacar más información, por favor, háganmelo saber.
Es un poco largo, pero confíen en mí, vale la pena perder un par de minutos, se van a impresionar, supongo.
Sawney Beane nació en el condado de East Lothian, a unos trece kilómetros al este de la ciudad de Edimburgo, durante el reinado de Jaime I de Escocia. Su padre se dedicaba a recortar setos y excavar zanjas, e inició a su hijo en la misma profesión. Durante su juventud, Sawney se ganaba el pan cotidiano con aquel oficio, pero como esto no terminaba de complacerlo, decidió irse de la casa de sus padres y se trasladó a la parte deshabitada de la región, llevándose con él a una novia que tenia, llamada Hellen.
En el camino decidieron descansar en una cueva que encontraron, y que sería su hogar durante los próximos 25 años.
La cueva quedaba cerca del litoral del condado de Galloway, y tenía más de una milla de profundidad.
Al principio subsistían de las pertenencias que habían robado a los distintos viajantes que fueron asaltados y asesinados. Pero pronto sus necesidades iban a ser más exigentes, puesto que comenzaron a tener hijos, lo cual planteaba el problema de la comida.
Sawney y Hellen decidieron continuar con la modalidad de abastecerse gracias a los viajantes y optaron por, además de robarles, matarlos y llevarlos a la cueva para ser devorados.
A medida que los hijos de la pareja, siempre criados en ese modo de vida, iban creciendo, el clan contaba con mayor número de miembros para el combate con sus víctimas, y también mayor necesidad de matar para mantenerse todos vivos.
A veces atacaban a cuatro, cinco o seis viajeros al mismo tiempo, pero nunca a más de dos si iban a caballo; eran tan precavidos, además, que tendían dos emboscadas, una delante de la otra, para evitar que alguno de los atacados pudiera escapar, si se había librado de los primeros asaltantes.
Cuentan que, luego de devorar a las víctimas, el clan Beane arrojaba las partes sobrantes al mar, a una distancia prudencial de la cueva para no ser descubiertos
Estos pedazos humanos eran devueltos por la marea a las playas, causando gran horror en los habitantes de las zonas aledañas.
El lugar en el cual habitaban era completamente solitario y, cuando subía la marea, el agua penetraba en una extensión de casi doscientos metros en su vivienda subterránea, de modo que la gente armada que fue enviada a investigar ni siquiera se había fijado en la cueva, incapaz de imaginar que algún ser humano pudiera resistir en semejante lugar.
El número de asesinatos cometidos por la familia no llegó a conocerse nunca con exactitud; pero se calculó que habían asesinado y devorado a un millar de hombres, mujeres y niños, como mínimo.
Dentro del clan se desarrollaron relaciones incestuosas puesto que no tuvieron jamás contacto con ninguna persona ajena a la familia, como no fuera para matarla y comerla, y al momento de ser descubiertos, ésta se hallaba conformada por Beane y su mujer, sus 14 hijos y 32 jóvenes, fruto de las mencionadas relaciones entre los hermanos.
Su descubrimiento tuvo lugar en 1435.
Un hombre y su esposa, montados en el mismo caballo, regresaron un atardecer a su hogar, después de haber visitado una feria, y cayeron en la emboscada de los Beane, que se lanzaron sobre ellos.
El hombre se defendió con espada y pistola, derribando a algunos de los asaltantes.
En el transcurso de la lucha la mujer cayó del caballo, e inmediatamente fue asesinada ante los ojos de su marido, ya que las mujeres caníbales la degollaron y empezaron a chupar su sangre como si fuera vino; después le abrieron el vientre y le sacaron las entrañas. El horrendo espectáculo hizo que el hombre redoblara sus esfuerzos por defenderse, sabedor de que si caía en manos de sus enemigos correría la misma suerte.
Quiso el destino que mientras luchaban se presentara un grupo de veinte o treinta hombres que había estado en la misma feria; y ante partida tan numerosa Sawney Beane y su clan decidieron retirarse a su madriguera, cruzando un tupido bosque.
El hombre, que era el primero que salía con vida de una emboscada del clan de Beane, contó a los recién llegados lo que había sucedido y les mostró el cadáver de su esposa, que no habían podido llevarse. Todos quedaron estupefactos y horrorizados ante su relato; le llevaron con ellos a Glasgow y pusieron el asunto en conocimiento de los magistrados de la ciudad, los cuales informaron inmediatamente al rey.
Tres o cuatro días más tarde, Jaime I en persona, con un ejército de cuatrocientos hombres, salió para el lugar donde se había producido la tragedia, a fin de registrar el terreno palmo a palmo, tratando de localizar a aquellos que desde hacía tanto tiempo venían haciendo desaparecer a tanta gente en el camino costero de Galloway.
El sobreviviente de aquel ataque ofició de guía y además llevaron con ellos numerosos sabuesos, quienes serían los verdaderos responsables de encontrar a los Beane.
En efecto, habían recorrido toda la zona sin encontrar nada, hasta que pasaron por la entrada de una caverna a la que ni siquiera prestaron atención, pero en la cual se plantaron los perros, ladrando furiosamente hacia el interior y resistiéndose a abandonarla.
En consecuencia fueron en busca de antorchas y un numeroso grupo de hombres se aventuró en la caverna, a través de las más intrincadas vueltas y revueltas, hasta que por fin llegaron a la recóndita cavidad que servía de vivienda al clan.
El espectáculo que se ofreció a la vista de los soldados fue algo que ninguno de ellos podría olvidar mientras viviera. Piernas, brazos, manos y pies de hombres, mujeres y niños colgaban en ristras, puestos a secar; había muchos miembros salados y en conserva para ser consumidos si sobrevenía una época de hambre, y una gran masa de monedas de oro y de plata, relojes, anillos, espadas, vestidos de todas clases y otros muchos objetos que habían pertenecido a las personas asesinadas.
Los Beane fueron arrestados y condenados por el rey, quien los califico como bestias salvajes, enemigos del género humano y no merecedores de juicio previo.
Los hombres fueron descuartizados; les amputaron brazos y piernas y los dejaron desangrar hasta que les sobrevino la muerte al cabo de unas horas. Después de haber sido espectadoras del castigo inflingido a los hombres, la esposa, las hijas y las nietas fueron quemadas en tres hogueras distintas.
Bueno, como primer post decido compartir con ustedes una historia que conocí hace muy poquito, investigando sobre asesinos seriales, y que me impresionó mucho.
Espero que les parezca interesante, y si saben algo más sobre ellos o conocen algún lugar de donde pueda sacar más información, por favor, háganmelo saber.
Es un poco largo, pero confíen en mí, vale la pena perder un par de minutos, se van a impresionar, supongo.
Sawney Beane nació en el condado de East Lothian, a unos trece kilómetros al este de la ciudad de Edimburgo, durante el reinado de Jaime I de Escocia. Su padre se dedicaba a recortar setos y excavar zanjas, e inició a su hijo en la misma profesión. Durante su juventud, Sawney se ganaba el pan cotidiano con aquel oficio, pero como esto no terminaba de complacerlo, decidió irse de la casa de sus padres y se trasladó a la parte deshabitada de la región, llevándose con él a una novia que tenia, llamada Hellen.
En el camino decidieron descansar en una cueva que encontraron, y que sería su hogar durante los próximos 25 años.
La cueva quedaba cerca del litoral del condado de Galloway, y tenía más de una milla de profundidad.
Al principio subsistían de las pertenencias que habían robado a los distintos viajantes que fueron asaltados y asesinados. Pero pronto sus necesidades iban a ser más exigentes, puesto que comenzaron a tener hijos, lo cual planteaba el problema de la comida.
Sawney y Hellen decidieron continuar con la modalidad de abastecerse gracias a los viajantes y optaron por, además de robarles, matarlos y llevarlos a la cueva para ser devorados.
A medida que los hijos de la pareja, siempre criados en ese modo de vida, iban creciendo, el clan contaba con mayor número de miembros para el combate con sus víctimas, y también mayor necesidad de matar para mantenerse todos vivos.
A veces atacaban a cuatro, cinco o seis viajeros al mismo tiempo, pero nunca a más de dos si iban a caballo; eran tan precavidos, además, que tendían dos emboscadas, una delante de la otra, para evitar que alguno de los atacados pudiera escapar, si se había librado de los primeros asaltantes.
Cuentan que, luego de devorar a las víctimas, el clan Beane arrojaba las partes sobrantes al mar, a una distancia prudencial de la cueva para no ser descubiertos
Estos pedazos humanos eran devueltos por la marea a las playas, causando gran horror en los habitantes de las zonas aledañas.
El lugar en el cual habitaban era completamente solitario y, cuando subía la marea, el agua penetraba en una extensión de casi doscientos metros en su vivienda subterránea, de modo que la gente armada que fue enviada a investigar ni siquiera se había fijado en la cueva, incapaz de imaginar que algún ser humano pudiera resistir en semejante lugar.
El número de asesinatos cometidos por la familia no llegó a conocerse nunca con exactitud; pero se calculó que habían asesinado y devorado a un millar de hombres, mujeres y niños, como mínimo.
Dentro del clan se desarrollaron relaciones incestuosas puesto que no tuvieron jamás contacto con ninguna persona ajena a la familia, como no fuera para matarla y comerla, y al momento de ser descubiertos, ésta se hallaba conformada por Beane y su mujer, sus 14 hijos y 32 jóvenes, fruto de las mencionadas relaciones entre los hermanos.
Su descubrimiento tuvo lugar en 1435.
Un hombre y su esposa, montados en el mismo caballo, regresaron un atardecer a su hogar, después de haber visitado una feria, y cayeron en la emboscada de los Beane, que se lanzaron sobre ellos.
El hombre se defendió con espada y pistola, derribando a algunos de los asaltantes.
En el transcurso de la lucha la mujer cayó del caballo, e inmediatamente fue asesinada ante los ojos de su marido, ya que las mujeres caníbales la degollaron y empezaron a chupar su sangre como si fuera vino; después le abrieron el vientre y le sacaron las entrañas. El horrendo espectáculo hizo que el hombre redoblara sus esfuerzos por defenderse, sabedor de que si caía en manos de sus enemigos correría la misma suerte.
Quiso el destino que mientras luchaban se presentara un grupo de veinte o treinta hombres que había estado en la misma feria; y ante partida tan numerosa Sawney Beane y su clan decidieron retirarse a su madriguera, cruzando un tupido bosque.
El hombre, que era el primero que salía con vida de una emboscada del clan de Beane, contó a los recién llegados lo que había sucedido y les mostró el cadáver de su esposa, que no habían podido llevarse. Todos quedaron estupefactos y horrorizados ante su relato; le llevaron con ellos a Glasgow y pusieron el asunto en conocimiento de los magistrados de la ciudad, los cuales informaron inmediatamente al rey.
Tres o cuatro días más tarde, Jaime I en persona, con un ejército de cuatrocientos hombres, salió para el lugar donde se había producido la tragedia, a fin de registrar el terreno palmo a palmo, tratando de localizar a aquellos que desde hacía tanto tiempo venían haciendo desaparecer a tanta gente en el camino costero de Galloway.
El sobreviviente de aquel ataque ofició de guía y además llevaron con ellos numerosos sabuesos, quienes serían los verdaderos responsables de encontrar a los Beane.
En efecto, habían recorrido toda la zona sin encontrar nada, hasta que pasaron por la entrada de una caverna a la que ni siquiera prestaron atención, pero en la cual se plantaron los perros, ladrando furiosamente hacia el interior y resistiéndose a abandonarla.
En consecuencia fueron en busca de antorchas y un numeroso grupo de hombres se aventuró en la caverna, a través de las más intrincadas vueltas y revueltas, hasta que por fin llegaron a la recóndita cavidad que servía de vivienda al clan.
El espectáculo que se ofreció a la vista de los soldados fue algo que ninguno de ellos podría olvidar mientras viviera. Piernas, brazos, manos y pies de hombres, mujeres y niños colgaban en ristras, puestos a secar; había muchos miembros salados y en conserva para ser consumidos si sobrevenía una época de hambre, y una gran masa de monedas de oro y de plata, relojes, anillos, espadas, vestidos de todas clases y otros muchos objetos que habían pertenecido a las personas asesinadas.
Los Beane fueron arrestados y condenados por el rey, quien los califico como bestias salvajes, enemigos del género humano y no merecedores de juicio previo.
Los hombres fueron descuartizados; les amputaron brazos y piernas y los dejaron desangrar hasta que les sobrevino la muerte al cabo de unas horas. Después de haber sido espectadoras del castigo inflingido a los hombres, la esposa, las hijas y las nietas fueron quemadas en tres hogueras distintas.

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